Edgardo Aragón

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No. 04

Performance en vivo cada sábado a partir del 6 de noviembre y hasta el 10 de diciembre 2016.

Horarios Performance
Sábado: 10:00 am a 1:00 pm

Cupo limitado a 6 personas por grupo.
Recorridos cada 15 minutos.
Es necesario agendar una cita para visitar Hípico. Música, caballos y arquitectura: un corrido.

Montar un caballo, ser un caballo

El caballo habitó el territorio mexicano mucho tiempo antes de la llegada de los españoles. Fósiles de estos animales, que datan de la era geológica del Pleistoceno, han sido encontrados en el norte de México. Se trató de una etapa cuyo ecosistema estaba compuesto por llanuras de abundantes bosques y pastizales que se encontraban dominados por la llamada “megafauna”. A diferencia del caballo contemporáneo, estas especies de equinos que desaparecieron con la glaciación solían ser pequeños, comparables con el tamaño de un gato. No fue entonces Molinero, corcel que desembarcó en Veracruz junto a Cortés para acompañarlo durante la conquista, el primer equino que galopara por tierras mexicanas.

La historia del caballo que conocemos es, entonces, muy parecida a la que ha definido el rumbo de nuestra realidad posterior a la era colonial: turbia, fantasiosa, manoseada al antojo del grupo en turno a cargo del poder. Descrito por muchos como una fundamental arma bélica durante la guerra de conquista, la incursión del equino en el paisaje mexicano sirve como analogía para explicar otros fenómenos que han dado forma al tejido social de la historia contemporánea.

No todos los caballos son lindos y elegantes. En el devenir histórico, se han convertido en un símbolo de estatus y poder. En los tiempos de los aztecas, los ejércitos del Tlatoani aterrorizaban a la población con el sonido desgarrador de los silbatos de la muerte, prólogo sonoro antes de una invasión que derramaría muchos litros de sangre. Durante la conquista del imperio azteca, el caballo fungió como sustituto físico de ese temor auditivo.

Pero siempre ha habido razas salvajes que no han permitido dejarse poner una silla para dar pasitos elegantes en un bello jardín delimitado por ostentosas fuentes y poderosas bardas que impiden el vertiginoso galope natural de la especie. Cimarrón era el termino usado en la colonia para referirse a una caballo que se daba a la fuga; mesteño era aquel equino salvaje imposible de domar y, menos, domesticar, por lo cual era dejado en libertad sin el deseo de nadie por recuperarlo. Producto de estas fugas, los cimarrones y mesteños arribaron al norte de México antes que los españoles llegaran a civilizar y evangelizar la zona. Los rebeldes tuvieron que enfrentar grandes adversidades, como un árido ecosistema extraño y altas temperaturas. Además, tuvieron que lidiar con los grandes predadores de la zona: lobos y coyotes. Estos se volvieron entonces caballos salvajes y, al llegar las primeras haciendas coloniales, se convirtieron en una constante amenaza: los equinos invadían tierras y devoraban cosechas y pastizales.

La grave crisis poblacional de 1525 (producto de la muerte del 90 por ciento de la población mesoamericana durante la guerra de conquista y sus posteriores años) obligó a los españoles a importar no solo más caballos, sino muchos esclavos. Africanos, filipinos y chinos también sufrieron para adaptarse a un nuevo ecosistema. De igual forma hubo salvajes desertores que rechazaron la esclavitud, quienes se convirtieron en una amenaza para los colonizadores. De manera definitiva, se unieron a la formula genética y cultural del mestizaje indoespañol en la conformación de nuestra identidad. Explicar la realidad que nos concierne, dejando de lado el sincretismo que otras razas humanas produjeron en nuestra historia, es un acto brutal. Tratar de entender al caballo como un ser domesticado, elegante y refinado, y cómo un símbolo de estatus, es mutilar la historia y nuestra propia realidad como proyecto de nación. Porfirio Díaz montaba pasito a pasito a Águila, su elegante alazán, mientras Francisco Villa robaba equinos que galopaban libremente por el desierto mexicano, como su famosa yegua Siete Leguas. En Chinameca, As de Oro, el corcel de Emiliano Zapata emprendió una carrera sin parar una vez que su dueño fue acribillado por la espalda.

Hay de caballos a caballos. De mexicanidad a mexicanidad. De historia a historia. Y de realidad a realidad. El poder cooptó el animal y lo convirtió en gesto del buen gusto de distinción de clase, a la vez que lo ha venido utilizando como símbolo del folclor y la mexicanidad, como una burda estampita de papelería, como un fetiche de feria, o como acompañante en películas de charros que no saben montar. Y es que montar un caballo representa cosas muy distintas: cabalgar una geografía y habitar distintas condiciones materiales de existencia puede ser un acto subversivo, o bien un gesto político de élite. Ser un caballo representa cosas también muy diferentes: hay cientos de mestizajes y no es lo mismo ser un pura sangre que formar parte de una mezcla de pasados culturales sumergidos en la miseria y la esclavitud que los hace morir cansados y desnutridos, abandonados sus huesos en el mismo desierto que habitaron aquellos equinos de la era geológica del Pleistoceno y que, como otras tantas cosas, son ignoradas por nuestro presente como parte de una historia incómoda que a pocos les interesa cabalgar.

José Jiménez Ortiz
Ciudad de México, octubre 2016

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