Barragán contemporáneo

 

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Dos de los criterios que hacen a una feria de arte célebre o infortunada son la capacidad para generar nuevas audiencias que sostengan a un mercado local en crecimiento y la habilidad para atraer a las mejores galerías internacionales. Si aplicamos este razonamiento a la última edición de Zona Maco en la Ciudad de México, concluiríamos que el evento continúa aún sin madurar. Aunque Zona Maco es considerada como la feria de arte contemporáneo más importante de América Latina, con una oferta de 123 galerías divididas en la sección principal además de dos nuevas secciones, Nuevas Propuestas y Zona Maco Sur, no adquiere la fuerza y posición de otras ferias en el mundo como FIAC en París, Art Basel o Frieze en Londres. Continúa como una feria satélite cuya aportación normalmente se mide en el número de personas que entraron y no en su propuesta estética, las ventas logradas o en las nuevas audiencias que pueda formar.

Sin embargo, uno de los aciertos que la feria aporta durante la semana en la que se presenta es que una gran cantidad de actores de la escena del arte contemporáneo nacional e internacional se reúnen en la Ciudad de México, en una suerte de intercambio de capital social y económico. Dentro de este contexto, la oferta cultural de las instituciones públicas y privadas crece aprovechando el reflector que la ciudad adquiere. Este año, la figura del arquitecto e ingeniero tapatío Luis Barragán tomó una posición central en la feria, pues fue objeto de tres propuestas curatoriales de diferentes instituciones, todas privadas: Las propiedades de la luz de Fred Sandback en Casa Gilardi; Barragán fetichista en Casa Barragán; y Archivo(s) Camino Real en Archivo Diseño y Arquitectura.

Junto con otros actores del modernismo mexicano como Mathias Goeritz y Juan O’ Gorman, la figura de Barragán ha retomado fuerza durante los últimos años en el panorama expositivo y cultural del país. Dentro del discurso historiográfico y de archivo que la curaduría ha tomado, diferentes exposiciones en torno a la obra de estos personajes así como respuestas de artistas contemporáneos a los preceptos modernistas son cada vez más frecuentes.

La exhibición Las propiedades de la luz es un proyecto conjunto entre la galería mexicana Proyectos Monclova y el archivo del artista conceptual estadounidense Fred Sandback (1943-2003). Se trata de una serie de tres montajes –en Casa Gilardi, Casa Gálvez y el espacio de la propia galería– como una respuesta al interés de interactuar con la obra del arquitecto que surgió durante la última visita de Fred Sandback a México. La mayoría de las obras de Sandback son esculturas minimalistas que alteran de manera sutil el espacio en el que se exhiben. En forma de estambres de acrílico de colores o a través del dibujo, estas alteraciones resaltan y dialogan como hechos que ocurren en un tiempo y espacio determinado y no como representaciones de ideas específicas. Seis esculturas y una serie de dibujos componen la exposición en la galería, la cual se extiende en ambas casas de Luis Barragán.

Casa Gilardi, terminada en 1976, fue la última obra del arquitecto jalisciense. Este proyecto sintetiza una extensa carrera basada en el discurso de la arquitectura emocional. Por fuera, dándole la espalda a la calle, la casa está orientada alrededor de una imponente jacaranda en el patio interno; y, en su sus pasillos internos, sigue la tradición de concretar un sentido simbólico a través del juego de luces, un juego cuyo objetivo, antes que la funcionalidad, es la producción de emociones. Esta capacidad de sugerir representaciones metafísicas por medio de la arquitectura es materia prima para la inserción de obras de Sandback por toda la casa, aunque cabe resaltar las instaladas en el pasillo de color amarillo, la fuente al final del mismo y a un lado de la jacaranda en el patio. Las sombras que producen las delgadas esculturas hechas de estambre se convierten en comentarios sutiles que dialogan con aquellas sombras propias de la casa.

Siguiendo la línea del diálogo con el arquitecto tapatío, la Colección FEMSA y la Fundación de Arquitectura Tapatía Luis Barragán, de la mano del curador Patrick Charpenel y Eugenia Braniff, concibieron Estancia FEMSA, un programa de actividades artísticas compuesto por publicaciones, exhibiciones de arte y talleres que den a conocer y creen discursos en relación con la obra y el universo de Barragán Morfín. La primera de las actividades de este programa se titula Barragán fetichista y comprende una exposición curada por el brasileño Willy Kautz, que consta de 24 obras de dicha colección instaladas, todas, en Casa Barragán. A primera vista, la exposición se presenta como una interacción resuelta con todos los espacios de la casa. En esta dinámica, Barragán fetichista dialoga críticamente con los recursos arquitectónicos y teóricos del arquitecto.

La selección incluye obras de artistas tan diversos como Wilfredo Lam, Francis Alÿs, Frida Kahlo o Manuel Álvarez Bravo. No obstante, como se explica en la descripción de la exposición, esta se presenta como la “perfecta producción de una síntesis entre arte y arquitectura”, aunque el proyecto solo se queda en un estudio evocativo de la arquitectura de la casa a partir de las obras modernas y contemporáneas que se proponen, pues la mayoría de las relaciones entre las piezas insertadas y los elementos de la casa son meramente referenciales. No se crean críticas sobre las obsesiones que tuvo Barragán –que no fueron pocas– sino que se abordan desde un plano superficial y casi decorativo: referencias a símbolos religiosos como cruces y altares o a productos estéticos como las esferas reflejantes. El estudio del arquitecto quizá es la sección más resuelta de la exposición, donde piezas de Eduardo Terrazas, Joaquín Torres García, Jesús Rafael Soto o Carlos Cruz Diez realmente ponen a prueba los juegos de líneas y luz de la propia casa. Asimismo, es notable la comisión del artista mexicano Jorge Satorre, titulada Encuentros Formales, que invade el jardín en su totalidad y surge a raíz de los estudios del artista Miguel Covarrubias de manos y pies llevados a esculturas, realmente crea una interacción formal y conceptual con el universo de Barragán (el archivo de Covarrubias fue heredado a Barragán por la viuda del artista).

Por otro lado, está la primera edición de Archivo(s) Hotel Camino Real. Coordinada por el curador mexicano Pablo León de la Barra y su director Mario Ballesteros, esta exposición responde a la obra de Barragán a través de la herencia que dejó en la teoría y la práctica arquitectónica en nuestro país. La exposición reúne una serie de obras en torno a la construcción del célebre hotel en 1968, que fuera diseñado por Ricardo Legorreta, uno de los herederos en la práctica de Barragán. La muestra aboga por utilizar al hotel como estudio de los discursos sociales y culturales del México de los años sesenta y recrea su historia a través de los diversos objetos de diseño y obras de arte que pasaron por el recinto y que, en la mayoría de las ocasiones, ya no están presentes. Obras de Annie Albers, Lance Wyman, Mathias Göeritz, Armando Salas Portugal e incluso una “reproducción en honor” a Calder en el jardín del espacio, son mostradas junto con documentos, fotografías, videos y un modelo a escala del hotel. Si bien  la nota nostálgica por el milagro mexicano y las expresiones modernistas que de este surgieron siguen presentes en un discurso casi proselitista, la muestra logra crear una nueva línea de estudio del hotel por medio de las respuestas de artistas contemporáneos como Mario García Torres o Lake Verea.

Existe, como dije, un renovado interés por el modernismo y sus representantes artísticos: Goeritz, O’ Gorman, Barragán. Estas tres exposiciones, en tanto intervenciones que entablan una conversación crítica con el acervo del arquitecto tapatío, nos invitan a expandir y renovar las preguntas sobre los procesos de modernización del siglo pasado.